La industria del calzado de Brasil es la más grande y potente de Occidente.

El grave conflicto en Medio Oriente -que está lejos de resolverse- generó un efecto dominó sobre las cadenas globales de valor, particularmente en industrias manufactureras intensivas en energía y logística como el cuero, el calzado, la marroquinería, el textil y las confecciones. Para los empresarios industriales de América Latina, este escenario abre interrogantes, pero también grandes oportunidades estratégicas de reposicionamiento.

El primer impacto se verifica en los costos. La interrupción de rutas clave como el Estrecho de Ormuz elevó los precios del petróleo y encareció el transporte, los insumos químicos y la energía, factores críticos para la producción industrial. Asimismo, el deterioro de vitales centros de generación de energía que demorarán en recuperarse, generará grandes problemas a la producción asiática.

Asimismo Asia, el principal polo manufacturero mundial, es especialmente vulnerable a esta situación por su fuerte dependencia de las fuentes de energía de esa región. Por esto recientemente el FMI advirtió que, un shock prolongado podría desacelerar su crecimiento y aumentar la inflación.

Nicaragua ha derarrollado un importante sector maquila.

En este contexto, sectores como el textil, el cuero y el calzado están entre los más expuestos. En países como India, Bangladesh o Vietnam, el aumento de costos logísticos y de insumos ya afecta directamente a industrias exportadoras clave. Además, los indicadores manufactureros muestran caída de pedidos, aumento de costos y disrupciones en las cadenas de suministro, configurando un escenario de “estanflación industrial” en varias economías asiáticas.

Las disrupciones logísticas son otro factor crítico. La inseguridad en el transporte marítimo o la extensión de sus rutas, junto al cierre o restricción del espacio aéreo en Medio Oriente, afectó rutas esenciales para el comercio internacional.

En el caso de la industria de la indumentaria, envíos desde el sur de Asia quedaron paralizados por la cancelación de vuelos que operaban vía Dubái o Doha, generando cuellos de botella y sobrecostos. Esto impacta directamente en modelos de negocio basados en velocidad y rotación, como el fast fashion, pero también en cadenas más tradicionales de cuero y marroquinería.

A nivel de demanda, el conflicto también golpea. El mercado de lujo -clave para los productos de cuero- muestra caídas en Medio Oriente y efectos indirectos en Europa y Asia, debido a la reducción del turismo y del consumo de alto nivel. Incluso grandes grupos reportan retrocesos en ventas de moda y artículos de cuero, evidenciando la sensibilidad del sector a la inestabilidad geopolítica.

Argentina ofrece productos de una excelente manufactura y muy buen manejo de la moda.

En conjunto, estos factores revelan una vulnerabilidad estructural dada por la excesiva concentración de la producción global en Asia y su dependencia de rutas y energía vinculadas a zonas de conflicto. La guerra no solo encarece costos, sino que expone los límites del modelo de cadenas largas, altamente globalizadas y poco resilientes.

Frente a este escenario, comienza a ganar fuerza un concepto clave como la relocalización productiva o “nearshoring”, tan mencionado durante el período de la pandemia. Las marcas globales, ante la incertidumbre, buscan diversificar riesgos, acortar cadenas de suministro y acercar la producción a los mercados de consumo.

Aquí es donde América Latina puede jugar un rol estratégico. A diferencia de otras regiones, se presenta como un territorio estable, una “zona de paz” que adquiere valor económico en un contexto global crecientemente volátil. A esto se agrega la gran disponibilidad de recursos naturales clave como el petróleo y el gas, e incluyendo la materia prima esencial para la industria del cuero.

Además, la región cuenta con capacidades industriales instaladas y un desarrollo de fuerzas laborales que poseen habilidades largamente reconocidas. Países como Brasil, México, Argentina, Perú, Colombia o Paraguay, gozan de una tradición en manufactura de cuero, calzado y marroquinería que puede ser revalorizada. Si bien enfrenta desafíos de escala, costos y productividad, también tiene ventajas en términos de proximidad a mercados como el de Estados Unidos y, en alguna medida, también de Europa.

Otro factor a favor favorable es la creciente demanda de trazabilidad y sostenibilidad. Las tensiones geopolíticas están acelerando la necesidad de cadenas más transparentes y controlables en cuidado del ambiente y trato justo.

América Latina con sistemas ganaderos más integrados y potencial para certificar origen, puede posicionarse como proveedor confiable de cuero y de sus manufacturas.

Sin embargo, esta oportunidad no es automática. Para capitalizarla, la región deberá avanzar en competitividad logística, acuerdos comerciales, cooperación regional e inversión tecnológica. También será clave articular estrategias público-privadas que permitan escalar producción y ganar calidad.

El conflicto en Medio Oriente podría estar redefiniendo el mapa industrial global. Asia seguirá siendo un actor dominante, pero se puede pensar en que su centralidad ya no es incuestionable. Y en este nuevo equilibrio, América Latina tiene la posibilidad de ganar protagonismo como proveedor industrial alternativo, más cercano, más estable y potencialmente más resiliente
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